En el borde del acantilado, de pie con los brazos abiertos,
como si esperara la consolación de alguien desconocido.
Sola, solo mecía el viento, mi corazón herido.
Creía que ese viento haría olvidar mi pasado contigo.
Pero cada vez que
cerraba los ojos me imaginaba aquella
tarde en la que me despojabas de mi vestido.
En este mismo sitio, en esta misma hora, en este mismo crepúsculo
tú hacías que de este volcán dormido, naciera un magma convertido en lava y amor prohibido.
María Ángeles Romero

No hay comentarios:
Publicar un comentario