Cuando vuelvo al pueblo, mi mente divaga sobre los asuntos pendientes que me deje en la ciudad.
No por pensar mas estos asuntos van a desaparecer, me dije esta mañana.
Pero es que se me hace inevitable no pensar en esos ojos que callados me miraban y me incitaban al deseo.
Esos ojos que tímidamente te empujan al encuentro desinteresado en cualquier pasillo.
Y, como no pensar, que aun habiendo tenido miles de oportunidades para hablarle y conocerle. Has dejado que se escaparan todas y se esfumara entre sus pasos y su esbelta espalda.
Cuando se es tímida, la timidez te ciega ante la vergüenza del deseo. Meditas las cosas miles de veces y giran el tu cabeza hasta volverte loca.
La timidez, es esa misma que te frena ante la parte irracional que tu cuerpo animal necesita.
Te frena por que crees que no puedes entregar tu alma y tu cuerpo a cualquier hombre o mujer.
Ella es la causante de que ese ser al que deseas tanto físicamente no lo conozcas todavía.
Mientras has estado pensando tantas veces como podrías haberte acercado a el, y no lo has echo. Sin darte cuenta, él se ha ido alejando cada vez más de tu mirada, aun sabiendo, que mueres por su piel.
Mª Ángeles
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