viernes, 10 de abril de 2015

El ocre de mis hojas








Otoño en una montaña, los pies descalzos, sintiendo las frías hojas ocres entre mis dedos. Una voz a lo lejos que pronuncia mi nombre.
Persigo el sonido, a esa duce grave y elegante voz que parece acariciar mis tímpanos y sacudir mi cerebro.
Busco la voz entre las rocas, pinos, álamos, entre la niebla y la lluvia.
Tras el arrullo de un arroyo,  descubro a un hombre, el cual, me daba la espalda y miraba al tenebroso horizonte. Este, seguía pronunciando mi nombre y a medida que me acercaba, su tono iba apagándose. Apenas se podía percibir su voz cuando le acaricie la espalda y empezó a llorar desgarradamente. Nunca había visto llorar a nadie de tal forma.
Entonces, le abrace desde mi posición, apoye mi fría mejilla en su fuerte espalda y empecé a besarle suavemente sin motivo alguno. Nunca había besado ni calmado a un desconocido de esa forma, tan suavemente, tan delicadamente.
De repente, me susurra, y me dice  que tenía que irse y que nunca volvería a llamarme entre las rocas, pinos, álamos, entre la niebla y la lluvia.
Me miro a los ojos, con una frialdad indescriptible y en un tono exasperante me dice que  dejara de buscar al hombre de mis sueños, por que no existía, tan igual como su voz, tan igual como su cuerpo, nada de aquello existía. Y yo seguía estando sola. Seguiría siendo fuerte en el barco donde yo era la capitana, de mi vida, comandante de mi camino y señora de mi sino.



Mª Ángeles.

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