Otoño en una montaña, los pies descalzos, sintiendo las
frías hojas ocres entre mis dedos. Una voz a lo lejos que pronuncia mi nombre.
Persigo el sonido, a esa duce grave y elegante voz que
parece acariciar mis tímpanos y sacudir mi cerebro.
Busco la voz entre las rocas, pinos, álamos, entre la
niebla y la lluvia.
Tras el arrullo de un arroyo, descubro a un hombre, el cual, me daba la espalda
y miraba al tenebroso horizonte. Este, seguía pronunciando mi nombre y a medida
que me acercaba, su tono iba apagándose. Apenas se podía percibir su voz cuando
le acaricie la espalda y empezó a llorar desgarradamente. Nunca había visto
llorar a nadie de tal forma.
Entonces, le abrace desde mi posición, apoye mi fría mejilla
en su fuerte espalda y empecé a besarle suavemente sin motivo alguno. Nunca había
besado ni calmado a un desconocido de esa forma, tan suavemente, tan delicadamente.
De repente, me susurra, y me dice que tenía que irse y que nunca volvería a
llamarme entre las rocas, pinos, álamos, entre la niebla y la lluvia.
Me miro a los ojos, con una frialdad indescriptible y
en un tono exasperante me dice que dejara
de buscar al hombre de mis sueños, por que no existía, tan igual como su voz,
tan igual como su cuerpo, nada de aquello existía. Y yo seguía estando sola. Seguiría
siendo fuerte en el barco donde yo era la capitana, de mi vida, comandante de
mi camino y señora de mi sino.
Mª Ángeles.
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