Estaba tumbada, sangrando en medio de un frío valle, donde recogía los pétalos de las flores
caídas de mi decepción.
Entreabría los ojos para poder ver la luz, pero esta me encandilaba
y volvía a cerrarlos resignada.
Exasperada por el dolor de mi costado, moría en silencio
mientras lloraba sangre. El sol, se apagó y yo seguía llorando. Luego la
tormenta abrió su paso entre las finas hierbas de la decepción. Así pues, empezó
a caer agua sobre mi rostro y limpiaba cada una de mis heridas, pero estas no
sanaban, y yo seguía muriendo.
Nadie se había percatado de que yo estaba viva, y nadie hizo
nada para salvarme. Yo seguí en el campo de batalla muriendo. Cuando por fin
morí, empecé a pudrirme.
Después de unos años
nada quedaría de mí, nada más que unos pocos restos inorgánicos, que se encontrarían
en una planta, en un bello periodo de latencia.
María Ángeles Romero

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